¿Existe o no la biofilia, más allá de como un recurso comunicativo? ¿O es más bien un ejemplo más de términos que, propuestos en marcos muy concretos, saltan a otros contextos para ser ampliamente utilizados incorporando sesgos semánticos y conceptuales profundamente irracionales?

Uno de los casos más llamativos de utilización casi irracional pero muy extendida de un término biológico es el de desertificación. Se trata de un término acuñado en la década de los setenta durante la crisis humanitaria asociada a las devastadoras sequías y hambrunas recurrentes que ocurrieron en aquel momento en el Sahel. El impacto de aquellos acontecimientos fue tan brutal y él éxito del término tan llamativo que incluso Naciones Unidas puso en marcha una Convención de carácter global para luchar contra la desertificación. La presencia recurrente de adultos y niños famélicos en los medios exigía respuestas de carácter global. No hablábamos entonces de Cambio Global, ni de sus motores: simplemente se nos anunciaba, con ese impactante término, que el desierto estaba a las puertas de casa y que muy pronto nos asaltaría.

Todos aceptamos el término sin dificultad, y seguimos haciéndolo ahora, porque se enmarcaba en la profunda tradición de agricultores y ganaderos con la que nos hemos educado y de alguna manera hemos forjado nuestra historia. La revolución neolítica era la domesticación y su hito clave la puesta en marcha de la agricultura. En ese marco, el desierto es la antítesis, y la sequía, la infertilidad, lo peor que uno pueda imaginar. Sin embargo, los ecosistemas de tierras secas (los drylands de nuestros colegas angloparlantes) constituyen algo más del 40 % de las tierras emergidas y buena parte de ellos son desiertos. Algunos de ellos son absolutamente maravillosos, bien conservados, improductivos y con una diversidad biológica y de paisajes que deja aturdidos a los que tiene oportunidad de visitarlos. ¿Podemos percibir semejantes ecosistemas como algo negativo? ¡Qué gran paradoja!: hay desiertos que hacen que los fotógrafos se vuelvan locos de placer estético y, sin embargo, que tu entorno se convierta en un desierto es la condena más severa que uno puede imaginar.

Es fácil darse cuenta de que el término desertificación confunde completamente desierto con degradación ambiental y con una baja productividad y funcionalidad ecológica. Sin embargo, la degradación puede ocurrir en ecosistemas donde la productividad primaria es muy baja, como pueden ser estos desiertos, o en bosques tropicales húmedos, cuya megadiversidad de fauna y flora silvestre puede destruirse rápidamente aun manteniendo su aspecto arbolado. Pensemos, por ejemplo, en los «bosques» reforestados con árboles exóticos que ocupan la casi totalidad del centro de Chile, o en las selvas defaunadas de muchas zonas de Sudamérica y Asia. Es más, la degradación antrópica amenaza también a los desiertos prístinos y a la gran diversidad biológica y cultural que albergan – cuya conservación no es algo que deba limitarse a los bosques, las selvas o los prados de montaña. Se podría argumentar que el término desierto se origina en un ámbito de geografía humana para hacer referencia a sitios donde no vive nadie, y de allí migra a las ciencias de la vida. Sin embargo, los drylands dan cobijo al 38 % de la población humana: una fracción nada despreciable.

Pero la utilización generalizada del término desertificación es más perversa aún si cabe. El desierto es algo del sur. Viene desde allá abajo para preocuparnos a los que estamos confortables aquí arriba, en estas latitudes altas. Viene de donde viven todos esos pueblos perdedores, los emigrantes climáticos actuales. El término entronca con lo que algunos llamamos bosquefilia (castellanización del inglés forestphilia): el encumbramiento, en muchos casos irracional, del bosque sobre todo lo demás. El árbol se ve siempre como un maná, el bosque es el ecosistema demandado y de referencia. No es raro ver campañas bienintencionadas y millonarias para reforestar cualquier cosa, muchas de ellas pilotadas por ONGs de alcance global. Reforestaciones que ni siquiera tienen claro si los ecosistemas de la zona han sido alguna vez forestales, si lo pueden ser bajo las condiciones actuales o venideras, o si los servicios que proveen los ecosistemas «no forestales» presentes mejorarán (o serán, cuanto menos, compensados) por los nuevos ecosistemas rellenos de árboles.

En la mente de muchos, y empujado por campañas variopintas, algunas gubernamentales y la mayoría bienintencionadas, el bosque siempre es lo mejor. La alternativa es un anatema. Y, de nuevo subyace en esta percepción un componente sur-norte difícil de obviar. Los desiertos son de los trópicos de Cáncer y Capricornio, desde donde la degradación avanza para atraparnos. Es difícil combinar esta percepción, sin embargo, con el hecho de que buena parte de las especies más amenazadas de nuestro país (sobre todo, las de flora) están asociadas a hábitats no forestales, y que, precisamente, la forestación y matorralización secundaria como consecuencia del abandono del medio rural están llevando al límite a muchas de estas especies de gran valor de conservación.

No nos oponemos, claro está, a utilizar el término de desertificación. Es una palabra ya establecida y la dinámica del lenguaje es difícil de predecir y, sobre todo, de modificar. Pero es fundamental que, al emplear el término, tengamos muy claro que no debemos asumir que el desierto es algo que no tiene valor (ecológico, estético o social). Obviamente somos conscientes de que la deforestación histórica de amplios territorios, tanto a escala global como de nuestro país, requiere acciones de restauración y reforestación. Pero debemos evitar la percepción implícita de que eso del desierto y la falta de árboles es un condicionante ecológico al que no podemos adaptarnos y evitar la idea de que la desertificación es un «problema de los del sur».